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Sobre el sentido de la vida y el vacío existencial

A veces pienso que me gustaría ser una niña otra vez. ¿Por qué? Porque, en esencia, los niños son tan puros y están llenos de vida.

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Ellos nunca se levantan preguntándose si su existencia tiene algún sentido. Probablemente, mientras crecen, no sienten esa carga sobre la vida misma, el futuro, las relaciones interpersonales fallidas o el miedo a morir.

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La razón radica en que ninguna persona, al nacer, es consciente de los problemas, los baches, los fracasos, las tristezas o cualquier otra adversidad del diario vivir que pueda llevar a perder el horizonte de la vida. Esa oportunidad de estar vivo comienza a carecer de sentido para muchos jóvenes y adultos, mientras que para los niños sigue siendo un juego que necesita ser experimentado de la manera más feliz y sincera posible.

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Ahora que lo pienso, me gustaría volver a ser una niña para haber aprovechado más esa etapa, sin desear ser grande, sin anhelar esa vastedad y esa magnificación como única meta de vida. Me hubiera gustado que esa felicidad genuina durara más tiempo; me hubiera gustado aprovechar cada salto, cada sonrisa, cada vivencia, para recordar que en ese momento mi vida sí tenía sentido, sin tener que preocuparme por las cosas más banales.

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A los ojos de los niños, las cosas parecen fáciles. Claramente, habrá tristezas que pasan en dos minutos o menos. Al parecer, ellos le dan sentido a sus vidas basándose en trivialidades o en cosas insignificantes y, aun así, son los más felices sobre la faz de la tierra (cabe recalcar que no todos los niños son realmente felices).

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A causa de ello, soy fiel creyente de que los adultos, al no encontrar una respuesta válida a la pregunta por el sentido de la vida, recurren a seres superiores, a la religión, al trabajo, al futuro, al éxito, al pasado, a la música o incluso a las relaciones para justificar su existencia en un mundo manchado de corrupción, ignorando la soledad que los ataca, la desesperación que los habita, el sentimiento de muerte que los invade y el final que los espera.

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Pero, ¿qué es lo malo de los niños? Que su sentido de la vida, más adelante, depende meramente de las experiencias, del foco en lo inmediato y de la influencia social y religiosa de unos padres reprimidos por sus propios fracasos, que terminan llevando a sus hijos a buscar opciones inútiles e infelices para cumplir sus sueños, hasta el punto de cortarles las alas, limitándolos a imaginar un futuro diferente al suyo y obligándolos a ser igual de miserables.

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Esos niños creerán, cambiarán y se transformarán en algo presuntamente mejor. Experimentarán cambios significativos que tendrán impacto emocional y desencadenarán el vacío existencial, lo cual es inevitable y parece ser un círculo vicioso.

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